lunes, 10 de noviembre de 2014

SOBRE EL LAICISMO

SOBRE EL LAICISMO

El término laico, del griego laikos (alguien del pueblo) aparece primeramente en un texto cristiano y fue redescubierto en el Concilio Vaticano II: "Lumen Gentium 31": -que no forma parte del clero-.

Pocas fechas ha, unos compañeros/as generamos un animado pero respetuoso debate sobre el laicismo del Estado.

Argumentábamos con divergentes razonamientos sobre la conveniencia, en los presentes momentos, de su instauración constitucional en España tratando con ello de valorar sus posibles consecuencias sociales.

Sin necesidad de apelar a mi seguidismo anticlerical y ateísmo marxistas: "la religión es el opio del Pueblo" (aunque en realidad no fuera Marx, sino su personal amigo, Bruno Bauer, miembro de la izquierda hegeliana, quien acuñara dicha manida expresión), personalmente defiendo su idónea oportunidad histórica actual, amén de su incuestionable necesidad y aunque tan solo fuere por mor del básico republicanismo que todo Estado moderno y que se precie requiere en nuestro ya bastante "estrenado" siglo XXI.

La cuestión del laicismo en España, de siempre, supuso y a día de hoy continúa vigente, la generación de cierta crispación personal de una gran parte de nuestra Sociedad (natural origen de la mayoría institucional y cultural histórico-cristiana europeas).

Nuestros ahora hermanados vecinos continentales -excepto hasta más recientemente, Irlanda- llegaron a la pacificación religiosa y al acuerdo disgregador de poderes (Estado-Iglesias) hace ya bastantes años; incluso nuestros más colindantes ciudadanos franceses enterraron su polémica laicista a finales del siglo XIX, aunque la separación entre las instituciones del estado y las iglesias u organizaciones religiosas se ha producido vinculadamente con la Ilustración y con la Revolución Liberal.

El político socialista francés, Jean Jaurès, fundador de L'Humanité en 1.904, ya manifestó su deseo en los inicios del pasado siglo: "Ya es hora de que el gran, pero obsesivo problema de las relaciones entre Iglesia y Estado se resuelva por fin, con el propósito de que la democracia, desembarazada de él, pueda dedicarse enteramente a la inmensa y difícil tarea de la reforma social y de la solidaridad humana que el proletariado exige".

Poder tratar el asunto sin tanta presión sería admirable. Spinoza lo hizo en 1.670 (pensador político y gran racionalista de la filosofía del siglo XVII, 1.632-1.677) en su "Tratado Teológico-Político" hasta en tono de fina ironía, de sentido común y hasta con cierto humor: " Quizá alguien me pregunte ahora: si la potestad suprema manda algo contra la religión ...".

Enlazar los términos laicismo y republicanismo nos deberá parecer redundante pues ambas acepciones están forzosamente adheridas, ya que el laicismo es el "buque insignia" de la praxis republicana histórica (desde la Revolución Inglesa de 1.688, las luchas de las repúblicas de los Países Bajos en mitad del XVII, la Revolución Americana, La Revolución Francesa); desde Maquiavelo, Rousseau, Jefferson ... todos ellos hijos y herederos de una raíz común: la de las prácticas republicanas mediterráneas primeras: la politeia de Grecia y la república de Roma.

Es por todas estas razones por lo que la República ha sido históricamente la "bestia negra" de la Iglesia Católica, su enemigo a batir más peligroso.

Contra las repúblicas, "a la francesa", es decir, la que promovía la secularización de la educación pública, la que asimilaba dos conceptos: laicismo y educación, la religión católica ha movilizado sus más potentes armas. Bien haciendo aparecer vírgenes portentosas y, sobre todo, mensajeras de tesis políticas (pastorcillos de Lourdes y Fátima en las respectivas repúblicas de Francia y Portugal, hasta otro instrumento más sangriento: promoviendo nacional-catolicismos genocidas en la II República Española).

No es de extrañar, porque el núcleo de laicismo y de República es el mismo. Para ambos, la moral se genera en la ley que los humanos nos imponemos a nosotros mismos y de esta manera creamos el orden esencial, moral y social. Para legitimar la norma y la ley no es preciso acudir a fundamentación heterónoma, ajena a nuestro gobierno autónomo, a nuestras conductas y nuestras sociedades, no es preciso remitirse ni a autoridad ajena, ni a Dios, ni a sus portavoces, ni a autoridad ninguna, ni a la naturaleza; somos nosotros mismos, autónomamente -por nuestra libertad y el uso público y compartido, nuestra razón- los creadores de nuestra humanidad moral (Rousseau, quien de manera más apasionada y clara subraya esto, es el enemigo más odiado de la Iglesia Católica y de las demás religiones. Kant, es el más temido por ser su formulador más riguroso. Ambos cuentan entre los más conspicuos representantes del republicanismo).

...Y posiblemente yo también, que soy uno de sus más fervientes seguidores ...


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