Hoy, 25 de mayo,
Madrid es el escenario de un curioso espectáculo: el Athletic y el Barça
se enfrentan por la Copa del Rey, al mismo tiempo que un grupo de
falangistas recorren las calles de la ciudad defendiendo la Patria y su
unidad frente a los que desean romper España.
Hace unos días el
partido neonazi Amanecer Dorado llegaba al Parlamento griego. Con total
convicción afirmaba un miembro del partido la necesidad de expulsar a
todos los extranjeros del país. Sería necesario minar la frontera entre
Turquía y Grecia, proponían.
Aun con diferentes
características, no deja de preocuparme observar más de una semejanza
entre ambos acontecimientos: la inclinación suicida a fragmentar la
Humanidad, a construir muros, paredes, alambradas o campos minados entre
los seres humanos, en nombre de una identidad (llamémosla como
queramos) que hay que salvaguardar a costa del rechazo del otro.
En los compartimentos estancos el aire se corrompe, el alma se encoge y se pudre, la tierra se vuelve estéril. Hay
que combatir la ceguera de la estupidez que no nos deja ver más que las
diferencias y nos priva de la gozosa riqueza de la pluralidad. En
momentos de crisis como el actual es más necesaria que nunca esta
conciencia universal de pertenecer a la especie humana y a nuestra madre
tierra. Derribar
muros, alambradas, paredes. Que el trigo y las amapolas remplacen a las
minas y los cuerpos de inocentes mutilados. Que corra el aire fresco
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