lunes, 26 de noviembre de 2012

CARTA ABIERTA AL CARDENAL ROUCO VARELA

Oigo con tristeza sus últimas declaraciones en contra de la decisión de la justicia de nuestro país de reconocer el matrimonio de homosexuales. Ante su oposición a este reconocimiento, quisiera exponerle mis razones en contra de su postura.
En primer lugar, señalarle que la homosexualidad es una realidad más, aunque minoritaria, dentro de la diversidad que supone la existencia de los seres humanos, por más que durante siglos haya sido estigmatizada, perseguida, ocultada. La evolución de la civilización ha dado paso a una sociedad más abierta y respetuosa con la dignidad de los seres humanos, aunque por desgracia esta meta dista mucho de estar consolidada y extendida. Las personas homosexuales han podido salir de la clandestinidad y expresarse libremente, sin embargo la homofobia sigue siendo una lacra en nuestro mundo actual. ¿Sabe usted que existen niños y jóvenes que aún son victimas de acoso por ser como son? ¿sabe de su sufrimiento que los lleva incluso a desear quitarse la vida, que les roba la alegría de la infancia y la juventud?
En segundo lugar, no tiene sentido afirmar que el matrimonio civil de homosexuales atenta contra el derecho de los heterosexuales. Ni piden un matrimonio religioso, aunque no puedo concebir que los que se aman no sean bendecidos por el que es Bondad y Belleza. En cuanto a los hijos, lo que sustenta a los niños (y a los adultos) es sentirse amado, respetado, valorado. Por un padre, por una madre, por un padre y una madre, por dos padres, por dos madres, o por cualquier ser humano que asuma la responsabilidad de su existencia: pienso que no hace falta entrar en más detalles.
Escucho también con sobresalto su intención de iniciar la beatificación de 500 católicos muertos durante nuestra triste guerra civil. Víctimas inocentes, Señor Cardenal, las ha habido en los dos bandos. Y personas compasivas, que se vieron envueltas en una guerra que no querían, en uno u otro bando, y que apostaron por la vida. Y verdugos crueles, que permitieron que el lobo dormido en nuestro interior despertara para martirizar y matar: los hubo, en ambos bandos.
La Iglesia Española se ha alineado, desde la triste “Cruzada”, con el poder, que la ha mimado y privilegiado, lo que ha provocado el escándalo y alejamiento de tantos; y se ha sobresaltado cuando algunos gobiernos han querido privarla de su posición privilegiada. Señor Cardenal, gozar de privilegios no es una suerte, es un secuestro. Nuestra Iglesia está secuestrada, sólo camina libre entre cristianos que están al lado de los que luchan por un mundo más fraternal y compasivo y en los que sí se puede reconocer el mensaje de Jesús. Son sus palabras las que le invito a leer, con corazón humilde, fraternal y compasivo.