Eso dicen los dirigentes europeos, y quisiera creerlos. Y que tienen un plan, o dos, o tres (no sé cuántos van) para reducir el paro. Los que sí están preocupados, y de eso no me cabe la menor duda, son los parados, todos esos miles de hombres y mujeres de semblante angustiado y caminar cabizbajo. Se puede leer lo que sienten aún sin oír sus palabras con sólo mirar la expresión de sus ojos. Y no pueden más, no pueden esperar a que se solucione todo ese entramado que no acaban de entender: que si la prima de riesgo, que si la deuda, los bonos, el fondo monetario, las bolsas que suben y bajan como las montañas rusas. Mareo, vértigo, nauseas. Rabia. Tristeza, desesperación.
La solución no está sólo en una serie de reformas encaminadas a crear más puestos de trabajo, sino también en repartir el que hay. Trabajo a tiempo parcial, teletrabajo, racionalización de los horarios laborales, conciliación de la vida personal y laboral, reducción de jornada, 35 horas semanales[1].
