lunes, 14 de enero de 2013

EL YING Y EL YANG, O SUPERANDO DUALIDADES

Quizás sea el momento, el milenio de la globalización, de superar tantas dualidades, tanto maniqueísmo. Nuestra especie ha invadido el planeta, y ha trazado vías de comunicación entre los individuos. Ha trenzado lazos, pero muchos son lazos que encadenan en vez de liberar; que mantienen las dualidades y los enfrentamientos ancestrales en vez de unir y dejar fluir la energía.
A cada pequeño paso que damos le clavamos una bandera, o unas siglas, o un distintivo, y a ser posible un anti-loquésea  para dejar bien claro no sólo lo que somos sino también, y sobre todo, contra quién o qué avanzamos. Y así no vamos a ningún sitio, porque nos hemos entrelazados unos con otros y el equilibrio es muy inestable y frágil. Y la capacidad destructora de nuestra especie, enorme.
            La dualidad es parte de nuestra existencia, de la realidad, de cada uno de nosotros. Y hay una forma de superarla, en horizontal, en una confluencia en algo que es lo mismo y es distinto. Así es en la Naturaleza, donde todo se transforma, asimila y evoluciona, donde desde la corrupción de lo viejo renace una vida nueva, un orden nuevo. Los integrismos, de cualquier color que sean (¡y son tantos!) los dogmatismos de unos y otros, la intransigencia, son los escollos que impiden superar estas dualidades. Hay un ejemplo evidente, casi una metáfora: la dualidad hombre-mujer. De la superación de esa dualidad  fluye la vida.
Hay otra dualidad, en el plano social y económico, y en cada polo se hace hincapié en un principio, en sí positivo. Es la dualidad entre la libertad del individuo y la solidaridad o fraternidad. Dualidad y enfrentamiento de unos principios que nacieron hermanados y fueron una consigna esperanzadora en la historia: Libertad, Igualdad, Fraternidad. Estos principios unidos son base de un orden nuevo, si se completan y abrazan en vez de anularse uno a otro: si la libertad es para todos los individuos, sin distinción, no para una élite privilegiada; si la solidaridad, la igualdad, no supone el aplastamiento del individuo y sus iniciativas y diferencias. Lo diverso y distinto enriquece y multiplica. Y sí, podremos llevar nuestras banderitas, o nuestras chapas, o nuestras siglas pintadas en la camiseta, no importa si por encima y por debajo, sobre todo y en lo más profundo, nos reconocemos como partes de un todo, diversos e iguales, únicos e imprescindibles cada unx.