miércoles, 20 de noviembre de 2013

¿CÓMO ESTAMOS EDUCANDO?

Me atrevo a decir que no hay tarea más hermosa que educar, que el grado de felicidad de las personas y de la sociedad dependerá del tipo de educación que reciban. Y que por encima de todos los afanes, de todos las inquietudes y aspiraciones, de todos los miedos y deseos, debemos detenernos un instante, tomarnos el tiempo de preguntarnos:

¿Cómo estamos educando? Educar es tarea de todas. La familia, los vecinos, el barrio, la calle, los parques, la televisión, los videojuegos... Y la escuela, naturalmente. Son importantes las Leyes de Educación, muy importantes, pero es imposible hacer una buena Ley de Educación en un despacho, de espalda a los padres, los ciudadanos, las calles, los parques, la gente. No basta hacer una Ley de Educación a partir de un estudio de mercado, para fabricar aquellas piezas que encajarán en el engranaje productivo de un país (¡en cuántos párrafos de la LOMCE subyace esta idea!). La educación es algo totalmente distinto, en realidad, la mayoría de los conocimientos adquiridos durante años y años de escuela no nos han servido a la hora de ejercer nuestra profesión: el porcentaje de los conocimientos que nos han sido necesarios es pequeño. ¿Y el resto no sirve para nada? En mi opinión, aquí está la clave de la cuestión. Un pequeño porcentaje de los contenidos educativos sirve para poder ejercer el día de mañana una profesión, un oficio. Pero el mayor porcentaje de tantas y tantas horas de escuela, de Instituto, de Universidad incluso, debe estar encaminado al desarrollo de la persona en todas sus facetas: desarrollar sus facultades intelectuales, su memoria, su capacidad de análisis, síntesis y relación; su capacidad creativa, su imaginación; su inteligencia emocional, en relación con si mismo y con los demás; su capacidad de relacionarse, de cooperar, de socializar, de decidir; su capacidad de expresarse, de exponer sus puntos de vista y escuchar y respetar los de los demás. Su capacidad de gozar y disfrutar de la belleza de la naturaleza y el arte, de su propio cuerpo, del deporte y el ejercicio físico; una educación sexual sana y sin complejos, una educación para la salud…y en todo esto, es obvio que el papel de la escuela no es el único ni siquiera el principal. Toda la sociedad educa, y toda la sociedad debe asumir esta responsabilidad. Y todas debemos hacernos la pregunta: ¿Cómo estamos educando? Mal, creo sinceramente que es la respuesta. Porque hay que educar con paciencia, y no hay paciencia con prisas. Y hoy vivimos en una sociedad enferma de prisa. Los profesionales de la educación, y los educadores no profesionales, es decir, todas nosotras, debemos tomarnos el tiempo de escuchar a los niños, el tiempo de observar lo que no dicen las palabras, lo que dicen los ojos, los labios, las manos. Y para eso hace falta calma. Hay que educar poniéndonos en el lugar de los niños, tomarnos el tiempo de escucharlos. No debemos proyectar lo que nosotras somos o quisiéramos ser, sino descubrir lo que el niño, el joven, es y sueña llegar a ser. Es fácil usar la fuerza, la autoridad, los gritos. Pero las palabras no convencen por ser pronunciadas más fuerte, pueden sobresaltar o atemorizar. Pero no educar. Educa la palabra serena, no el fruto de un enfado o un ataque de nervios; la palabra firme siempre verdadera y leal, la palabra que se cumple para bien o para mal, pero se cumple; la palabra que tiene la autoridad de la edad, el conocimiento y sobre todo el amor y la entrega, la palabra humilde del que sabe que todos somos buscadores de la verdad desde que nacemos hasta nuestro último día. Nada que ver con los modelos de la sociedad actual. Educar es hacer descubrir al niño, al joven, su grandeza, su belleza, descubrir que es único en el mundo, y que su vida es un regalo para todas. Educar no puede ser nunca humillar, humillar es destruir y aplastar a una criatura. No, jamás humillar y abusar del poder, es todo lo contrario. Nunca se debe castigar un error o una debilidad: el error hay que corregirlo y aprovecharlo cómo una ocasión de aprender; y la debilidad hay que aceptarla con toda la ternura de nuestro corazón y hacer brotar de ella la fortaleza escondida en cada una de nosotras. Y las culpas no hay que castigarlas según el enfado o perjuicio que nos causan sino según su gravedad, y el castigo debe mostrarse como la consecuencia lógica que todas la acciones acarrean: sin ira pero con la mayor firmeza del mundo, para que el niño aprenda que todo es una cadena de causa-efecto, y que nuestras malas acciones nos perjudican principalmente a nosotras mismas. Educar es tarea de todas. Debemos comprometernos por que las Leyes de Educación contribuyan a una buena educación. Y debemos concienciarnos que no será sólo la escuela la responsable de esa buena educación. La Educación es un compromiso político, es un compromiso social. Es un compromiso de todas, quizás uno de los de mayores consecuencias. Porque es principalmente una buena educción la que hará a la sociedad y a los individuos más felices.