domingo, 18 de agosto de 2013

NADA POR LO QUE MORIR O MATAR

A lo largo de la historia, la presencia e influencia de la religión ha sido constante. Ha habido sistemas que la han secuestrado y desvirtuado para instrumentalizarla en su favor: es el caso del capitalismo, del liberalismo, que en concreto en nuestro país se viste de peineta para presidir las procesiones y se prodiga en besamanos de obispos y cardenales; por el contrario, se da el caso del materialismo ateo del sistema comunista que ve en la religión el opio del pueblo, un veneno que hay que extirpar a sangre y fuego si es preciso. Sé que mi análisis es simplista, que habría que profundizar mucho más, pero pienso que este esquema puede servir para esbozar lo que debería ser una nueva espiritualidad. En todas las religiones se busca una trascendencia, se la llama de muchas formas, en el judaísmo y en el islam incluso se reconoce la imposibilidad de nombrar a Dios con su auténtico nombre. En todo caso se busca el vínculo de unidad entre todos, el cordón umbilical de nuestra existencia que nos une a la fuente de la vida y el vínculo que nos une a las demás criaturas. En el budismo, el hinduismo, se despierta la conciencia de esa unidad con todos los seres. El cristianismo nos habla de Dios Padre y de la fraternidad de todos los hombres. La compasión, la empatía están en el alma de todas las religiones. En un momento como el actual, un momento de crisis y por consiguiente de cambio, de búsqueda de alternativas, es evidente que también la religión deberá buscar nuevos cauces. Buscar una nueva espiritualidad, lo que no significa traicionar sus fundamentos sino liberarlos de adherencias ajenas a su esencia. Pienso que la religión no es el opio del pueblo, sino que puede llegar a ser el motor y la fuerza para trasformar la realidad. Las diversas expresiones de la espiritualidad en las distintas religiones no deberían ser motivo de enfrentamiento y división, sino ser aceptadas como expresión de la belleza de la búsqueda de un sentido a la existencia; también el ateismo puede ser expresión de una espiritualidad diferente cuando se posiciona por la dignidad de las personas y despierta una conciencia colectiva y fraternal (se lo escuché decir al Dalai Lama) En el nuevo milenio, la era de la globalización, es preciso un nuevo orden en el que tenga cabida la espiritualidad, universal en su esencia profunda, diversa en su expresión. Esto es incompatible con cualquier teocracia que impone una religión concreta, secuestrada y manipulada como instrumento de poder; al mismo tiempo este nuevo orden hace inadmisible las persecuciones religiosas. Ni los estados teocráticos, ni persecuciones como en el Tibet por parte del gobierno chino; ni lo que está ocurriendo en estos momentos en Egipto o en Irak. Libertad, igualdad, fraternidad, tres pilares para aupar una nueva y siempre presente espiritualidad. Y sin embargo, hoy sigue escuchándose el nombre de Dios mientras la ira y la sangre cubre las calles. En Irak, en Egipto, y de nuevo puede asaltarnos la duda, el pensamiento que nos hizo repetir aquella estrofa de Jonh Lennon, que tan bien resume el sentir de muchos no creyentes: Imagina que no hay países, No es difícil hacerlo, Nada por lo que matar o morir, Ni religiones tampoco, Imagina a toda la gente Viviendo la vida en paz. Sólo el respeto a la dignidad humana, a la vida humana, puede ser garante de una espiritualidad que regenere las creencias de las personas.