jueves, 26 de diciembre de 2013

GALGOS O PODENCOS










                               GALGOS, O PODENCOS (AntonioFernandez)

Una de las fundamentales premisas que todo político debe tener clara es la perfecta identificación de su enemigo.
Las tendencias políticas no ofrecen más alternativa posible que las denominadas izquierda o derecha (según progresismo, o conservadurismo), con mayor, o menor radicalidad (el centro político ortodoxo, en realidad, no existe).
El actual más encarnizado y peligroso enemigo de la izquierda  política europea, es el neoliberalismo depredador, auténtico brazo ejecutor, obediente a las espúreas disposiciones de los verdaderos dirigentes de Occidente, pero también influyentes poderosos e interesados en otras más deprimidas áreas geoestratégicas del mundo (grandes holdings empresariales internacionales, la potente y mafiosa industria farmacéutica estadounidense y europea, el comercio intercontinental de armamento, los principales monopolios petrolíferos y energéticos, las más importantes redes de telecomunicación, la gran banca, las  potentes y ya globalizadas  financieras, los controladores mayoritarios de la producción y mercado de estupefacientes, etc.), este neoliberalismo  encargado de manipular a la Justicia, promulgador de  respectivas y hasta a veces comunes leyes nacionales y continentales, creadas a su interesado acomodo e interés  y siempre proclives a la protección del privilegio del poder y de las clases sociales acomodadas, seguro sustentador del sistema y apoyado y protegido en las siempre dispuestas fuerzas represoras de los diferentes Estados conformantes; éste, éste es el auténtico y más directo enemigo del progresismo político, y no otro; no nos confundamos.
Desafortunadamente y tal como venimos comprobando desde hace tiempo (en nuestras propias carnes), la izquierda política europea va perdiendo fuerza y lo peor, credibilidad, tan difícil siempre de recuperar. Consecuencia natural de la indecisión, de la ambigüedad, de la inevitable tibieza de los más recientes gobiernos socialdemócratas y de sus múltiples demostraciones de aburguesadas veleidades, incumplimientos, de auténticas desviaciones fácticas y hasta de alguna que otra auténtica e imperdonable traición (todos estos graves errores casi siempre debidamente contestados por sus respectivas poblaciones, hastiadas de tanto engaño y despropósito). Ejemplo último: Alemania.
Este coherente desapego poblacional hacia los clásicos partidos progresistas nacionales y sus representantes, está conllevando a una desafección ideológica generalizada que impele a la  connatural reticencia y hasta asqueado rechazo de nuestros conciudadanos a seguir aceptando el clásico juego partidista, generándose súbitas vías alternativas que aunque justas, inevitablemente inconexas y muy desorganizadas: plataformas diversas, grupos vecinales de protesta, reivindicativas y diferenciadas “mareas” de distintas y muy específicas áreas sociales, seriamente afectadas por la impía apisonadora neoliberal.
Pero, en aras a la coherencia y viabilidad políticas, hemos de asumir  la triste realidad: las únicas reglas de juego posibles en democracia son los cauces partidarios. Por tanto, deberemos, aún obligados e insatisfechos, aceptar dichas reglas para posibilitar la consecución de tan razonables y justos propósitos.
Una vez asumida dicha palmaria, inevitable y única senda posible (competición electoral a través de partidos políticos), deberemos saber distinguir las diferencias ideológicas, de origen, metodológicas, históricas, fácticas y de forma, de cada organización progresista dispuesta a dar batalla en el campo político y social.
Finalmente, habremos de analizar las posibilidades de triunfo del progresismo político, las dificultades ciertas y también eventualmente probables, peso específico del enemigo neoliberal, armas mutuas y estrategias a emplear.
Personal y muy contrastadamente, opino que los partidos supuestamente progresistas europeos tienen un muy arduo panorama futuro. Coincido con múltiples analistas políticos en la necesidad de aunar esfuerzos partidistas progresistas si aspiramos a algún positivo resultado electoral.
Lo que me parece ineluctable es que todos y cada uno de los partidos en liza  mantienen, como horizonte plausible y justificativo, el irrenunciable objetivo de participar en la gobernanza institucional, ya sea de ámbito local, nacional y/o supranacional.  Sin esta natural ambición (a corto, medio o largo plazo) no se entendería la  razón existencial de tales partidos políticos.
Pues bien, ante la realidad descrita y por concluir, parece coincidente y de toda racionalidad la inevitable conveniencia y hasta necesidad perentoria de alcanzar sólidos acuerdos entre las diferentes versiones ideológicas progresistas si se pretende alcanzar un mínimo y honroso éxito electoral, por tanto, me permito insistir entre mis compañeros de Equo, no deberíamos mostrar injustificadas reticencias (cuando no  existan, claro), ni resistencia ninguna a la negociación, al acuerdo (cuando resulte mutuamente beneficioso), a la unión de fuerzas puntuales en luchas comunes, respetándonos nuestras inevitables y hasta positivas discrepancias y manteniendo siempre incólumes nuestras respectivas salvaguardias fronterizas de la ideología.
No nos equivoquemos desaprovechando posibles positivas oportunidades  (por miedo, distinción u orgullo), ocasiones que pudieran mostrarse favorables para nuestro  mayor crecimiento y fortaleza y, porqué no,  como opción  real de participación en el tan ansiado cambio social que merecemos y perseguimos.